Ponte al lado de un girasol crecido en pleno verano. Te mira desde más arriba que tú. El tallo es áspero, las hojas son del tamaño de tu mano y la cara es un disco café rodeado de amarillo. Casi todos los niños se quedan callados un segundo. Luego preguntan si pueden cortar uno.
El girasol es una buena primera flor para colorear, por una razón sencilla. Ya te dice casi todos sus colores: pétalos amarillos, centro café, tallo verde. Un niño de tres años lo termina y se siente orgulloso. Pero en ese centro café hay más de lo que aparenta, y quien se detiene a mirar lo encuentra.

La cara hace matemáticas
Mira el centro de cerca y verás que las semillas no están regadas al azar. Forman dos juegos de líneas curvas que giran desde el medio hacia afuera y se cruzan, uno hacia la izquierda y el otro hacia la derecha. Cuenta las espirales de cada lado y casi siempre caes en números como 34 y 55, vecinos en la secuencia de Fibonacci.
Ese tirón lento y giratorio es lo mismo que mantiene a la gente coloreando mandalas. La cara de un girasol es un mandala que el jardín cultivó solo.


















