La tienda queda lista a las cuatro. La cena no llega hasta las seis. El bosque no reparte horarios, y en algún punto de ese hueco un niño se deja caer en la silla plegable y anuncia a todo el campamento que se aburre.
Para ese hueco existe esta colección. Un día de campamento tiene su propio guion lento: la tarde después de armar todo, el atardecer largo mientras el fuego baja, la oscuridad temprana dentro de la tienda, el amanecer que nadie pidió. Una pila de dibujos impresos pesa menos que un solo carrito de juguete y acompaña cada uno de esos momentos.
La tarde en que se arma la tienda
Armar el campamento es el primer espectáculo. Estacas, varillas que encajan, la mochila vaciada sobre media mesa. Los niños miran todo. Después se quedan sin tareas mucho antes que los adultos. Ahí entran los dibujos que muestran justo lo que tienen enfrente: una tienda entre los pinos, una mochila cargada, una canoa en la orilla.
Hay un truco escondido. Un dibujo que refleja el campamento se colorea mirando. La tienda del papel termina del mismo azul que la de verdad, a diez pasos. Es otra clase de atención, distinta a la de la mesa de la cocina, y los niños caen rápido en ella.
Horas de fuego
El atardecer en un campamento es largo. El fuego pide leña, la cena avanza por etapas, y hay un rato en que el único trabajo de un niño es sostener el palito del malvavisco sin prenderlo. Mientras quede luz, los dibujos salen a la mesa: fogatas con sus troncos apilados, malvaviscos a medio dorar, la taza enlozada que nadie puede perder.




















